martes, 17 de junio de 2014

La caída. Cuarto capítulo.



CAPITULO 4.

Sam Citrix conducía su vehículo por la interestatal  con la extraña sensación que algo no iba del todo bien. Que lo llamaran a altas horas para que acudiera a algún acto social, o cena de negocios, para que aclarara algún punto de un caso en particular, era habitual. Lo que era del todo anormal son esas reuniones en el bufete a altas horas de la madrugada.

Estaba repasando mentalmente todos los temas pendientes que había dejado para el día siguiente, por sí en un lapsus mental se le había escapado algo importante, pero no logró adivinar qué es lo que había olvidado o hecho mal. Su metodología era extremadamente exquisita, por lo que era altamente improbable que se le escapara algún detalle a él o a su equipo, por muy pequeño que este fuera. Todo parecía estar en orden en su cabeza, pero convino que el mundo en el que se movía era de todo menos ordenado y previsible. Por su cabeza pasaba desde una celebración poco ortodoxa, hasta un  giro inesperado en cualquier caso relevante que llevara el bufete.

Si con la serpiente multicolor de vehículos llenando cada  tramo asfaltado en plena efervescencia le llevaba recorrer la distancia entre su casa y el bufete no menos de 90 minutos, a aquellas horas, donde la calma reinaba y solo se veían metros de carretera por recorrer, logró realizarlo en apenas 40. Relajadamente disfrutó de esos momentos de tranquilidad, escuchando un excelso recopilatorio de Louis Armstrong en el potente aparato de sonido. Aún recordaba el día que los socios del bufete le regalaron el flamante Mercedes negro que conducía. Era un coche fantástico, signo del reciente estatus de socio adquirido en la firma ABR&S. Por fin, vio como la fachada principal se adaptaba para incluir su inicial. Como mandaban los cánones, antes de los 30, había conseguido ganar su primer millón de dólares para la empresa, conducía un vehículo al alcance de muy pocos; pero, fiel a sus principios, conservaba su pequeña casa de la costa que se había convertido en un pequeño oasis donde, disfrutar de la vida en pareja, poder estar en contacto con el mar, y relajarse con largos paseos en compañía de Megan. Para el mundo se había convertido en un hombre de éxito, con una brillante carrera profesional por delante. Para Sam era la manera de conseguir la independencia.

Dentro del recinto amurallado del bufete reinaba la calma. En la enorme puerta acristalada Robert Kallum fumaba compulsivamente, mientras observaba como el Mercedes de Sam aparcaba en su plaza. 


-¿Problemas, Robert?- Preguntó Sam saliendo del vehículo.
-Y graves, Sam.- Contestó el jefe de seguridad con la cara desencajada, sobrepasado por los acontecimientos.- Sube que ya te están esperando los demás socios.


Kallum apagó el cigarro a medio terminar, y acompañó al joven abogado hasta el despacho de juntas de ABR&S.


-¿No puedes adelantarme nada, Robert?- Volvió a preguntar Sam con la intriga calándole los huesos.
-Vamos. Hace rato que te esperan.-Respondió Robert con un tono de voz más paternalista que autoritario


Atravesaron el marmóreo vestíbulo de altos techos abovedados y aspecto modernista, con grandes lámparas estilo industrial y con los toques minimalistas tan del estilo del cliente de la firma. En la amplia sala de recepción, y a la derecha de esta, un gran mostrador que hacía las veces de recibidor, resplandecía en un brillante tono caoba, donde destacaban las letras plateadas del nombre de la firma. 

A aquellas horas de la noche no había guarda de seguridad, el arco de seguridad estaba desactivado, por lo que lo franquearon sin la ceremonia litúrgica de pasar la tarjeta identificativa y despojarse de todo lo metálico. Subieron a grandes zancadas los escalones que lo separaban de la segunda planta. 

La zona noble del edificio estaba adornada con un gusto más cercano a la excentricidad, que a la sobriedad que hacía gala el bufete. Kilométricas Alfombras Persas de finos detalles, jarrones de la dinastía Ming en tonos azulados, que tenían el tamaño de un hombre; sofás estilos Luis XVI y varias vitrinas de Gunni&Trentino a cinco mil dólares la pieza, con objetos de la multitud de viajes exóticos realizados por los socios. 

Al traspasar la puerta de la sala de juntas, ricamente labrada con motivos bíblicos, estaban esperándolos los socios de la firma con rostros serios y llenos de tensión.

 Comenzó a hablar su mentor, Robert Blackburg. Su tono era sereno y tranquilizador.


-Siéntate Sam. Supongo que habrás venido todo el camino preguntándote por el motivo de esta reunión tan fuera de la común.- Sam asintió dejando hablar a su protector.- Ante todo queremos  que te tranquilices. Estamos muy orgullosos de tu trabajo en el bufete y ninguno de los socios podemos poner ninguna objeción a tu proceder.


La mirada incrédula de Sam iba de Robert Blackburg al anciano Michael Andersen y de este, al siempre callado Malakay Rubinstein. Callum se mantenía de pie, a una cierta distancia, esperando a que llegara su oportunidad para hablar.


-En el desempeño de nuestra profesión hacemos bastantes amigos que normalmente nos duran toda la vida. Traspasamos la relación de abogado-cliente para convertirnos en padrinos de algún que otro niño, albacea de las últimas voluntades de personas a las que queremos y testaferros de toda la porquería que escondemos debajo de las alfombras. Por supuesto, el beneficio es reciproco. Sabemos que, en nuestros clientes tenemos amigos que periódicamente nos reportarán pingües beneficios, a los que tendremos que hacer favores personales, y que nos ayudarán en caso de necesitarlo. Estas relaciones tenemos que cuidarlas, mimarlas y sobre todo explotarlas. Si nos piden sacar a pasear a un asqueroso perro, les proporcionemos señoras de compañía o jovencitas sin desvirgar, lo hacemos. Por muy en contra que esté de los más elementales dictados morales. Sí nos piden que nos follemos a sus mujeres para que tengan tiempo para dedicarle a la que le espera en un piso alquilado, lo hacemos. Pero todo esto ya lo sabes. Naciste con el título de abogado y con el carácter de uno de nosotros. La diferencia es que tú eres bastante mejor que todos nosotros. Tienes esa inteligencia que te hace llevar las riendas de cualquier situación, hasta llevártela a tu terreno, y que terminen suplicándote que les des la solución, que previamente has grabado en sus maleables cerebros.


- Gracias a todos por vuestro apoyo, pero no entiendo a donde queréis llegar.- Replicó Sam con la idea de que no era horas para discursos.- Al grano, por favor.

- A eso voy, permíteme terminar.- contestó el viejo profesor en tono de disculpa.-  Al igual que dentro de la profesión hacemos grandes amigos, también nos creamos grandes enemigos que están dispuestos a pisarnos el cuello a la mínima oportunidad que encuentren. En la mayoría de los casos se toman revanchas en los tribunales, con cualquier otro juicio, pero ahora tenemos entre manos un asunto con un individuo que debemos tomar en consideración.


Inmediatamente a Sam se le vino un nombre a la cabeza. 


Joe Saldaña


-¿Hablamos de Joe Saldaña?-  repitió en voz alta pidiendo confirmación.


Viendo las caras no hizo falta que nadie confirmara el autor. El repugnante Joe Saldaña es uno de los miembros de una importante familia en su Colombia natal y un actor de tres al cuarto, que no contrataría nadie ni como figurante. Lo fue, a base de pagar importantes sumas de dinero en sobornos, para ser uno de los protagonistas de una importante superproducción que preparaba la Eight teen Fex. Su familia en Colombia pertenece al temido cártel de los Rissoto. El nombre del clan vino dado por que en el día de año nuevo del 2000, perpetraron una de las peores matanzas del país. Asesinaron a 50 miembros de la familia del Fiscal General de Colombia, mientras saboreaban un rissoto a base de langosta. No discriminaron entre hombres, mujeres, niños o ancianos. Todos fueron pasados a cuchillo, desmembrados y esparcidos sus restos por todo el país. A la mayoría los colgaron de puentes como advertencia al resto de enemigos y como signo de poder y supremacía.

Dentro del país, son  legendarios por su poderosa organización, donde sus tentáculos  llegan hasta las más altas instancias del estado. Conocidos por la cuantía de sus negocios fraudulentos, abarcando desde el tráfico de drogas –cocaína, heroína y cualquier derivado químico que fuera mínimamente rentable-, pasando por el tráfico de mujeres hacia los Estados Unidos, que previamente eran arrancadas de sus casas, siendo aún adolescentes, violadas por  los miembros del clan, drogadas y enviadas a burdeles de todo el mundo; y llegando a la compra venta de armas en el mercado negro, auspiciados y ayudados por la Agencia de Inteligencia Americana. Y por último por su extremada violencia contra los demás cárteles, que le llevaban a ajusticiar indiscriminadamente a más de mil pobres diablos al año.

Joe Saldaña se comportaba como un verdadero sátrapa con todos sus compañeros de reparto, incluidos los productores y director. Después de un sinfín de problemas, el director, asumiendo que no podía despedirlo, le intentó reducir su participación en los diálogos de forma drástica.  Durante esa misma noche, ardieron los estudios donde se estaba rodando una de las escenas y aparecieron los dos perros del director ahogados en la piscina de su casa, debajo de la lona que la cubría.

Todos los indicios apuntaban a Saldaña, pero nunca no se pudo demostrar su implicación en los hechos. En una operación de lavado de reputación, Joe organizó una fiesta para todo el elenco, en donde no faltaron actuaciones de raperos de moda, chicas de buena y mala reputación que fueron arrastradas a una salvaje coral sexual en la piscina, decenas de litros del mejor alcohol que el dinero puede comprar; pero sobre todo, kilos de un selecto surtido de drogas que hizo estragos en los invitados. Después de dos días de fiesta sin control, catorce invitados abandonaron el lugar en camilla, y un joven ayudante de dirección murió debido a una sobredosis. 

Todos los invitados fueron debidamente intimidados para declarar que no recordaban absolutamente nada de la fiesta, o que ni tan siquiera habían asistido a ella, por lo que el juicio que se generó tenía visos de declararse nulo por falta de pruebas.

Sam Citrix consiguió que dos jóvenes actores declararan contra Joe Saldaña. Básicamente denunciaron como habían sido incentivados, por el acusado, para que consumieran un potente alucinógeno después de haber ingerido litros de alcohol. Pero lo que realmente le dio la puntilla al mafioso metido a actor, fue como relataron la falta del mínimo sentido de la humanidad  cuando observaron como ordenó a dos empleados sacar al joven ayudante de dirección,  aún con vida, de la casa. Dos días después, apareció en una playa cercana, donde según la autopsia, murió ahogado.

La sentencia, además de una cadena perpetua revisable, en una prisión estatal, le forzaba pagar a una indemnización por responsabilidad civil de varios millones de dólares, que fueron abonados, a través de la venta de todos los inmuebles y vehículos que poseía dentro del país.

Después de recibir la sentencia, se levantó, miró fijamente a Sam Citrix y sentenció: “De la cárcel se sale, del cementerio no”


-Hemos sabido que la chica que declaró en el juicio contra Saldaña, Mandy Loterein ha sido encontrada ahorcada en su apartamento. Y que el chico, Arnold Barenback está en paradero desconocido desde hace una semana.- Soltó Robert Kallum desde el fondo de la habitación.- Sam, desde hace una semana te hemos puesto vigilancia las 24 horas del día. Ahora mismo, tengo a dos de mis mejores hombres a menos de 50 metros de tu casa vigilando. Y otros dos que te están haciendo un seguimiento silencioso. 


-¿Y qué ha cambiado, como demuestra esta reunión, para que me estéis contando esto?- Sam era un muy buen abogado, y su cabeza corría a un ritmo superior al resto de los mortales, enseguida se dio cuenta de las implicaciones de la cita.

- Hemos sabido por un contacto en penitenciaría que Joe Saldaña ha contactado con su familia, y que estos han contratado los servicios…digamos…de un justiciero.- Titubeó en las palabras el jefe de seguridad.- En pocas palabras, de un matón.

La palabra matón le produjo a Sam una sensación entre incomoda y terrorífica que no pudo ocultar.

-¿Y…?.- Inquirió Sam para que le contaran el resto de la información que no le habían contado aún.

- Teníamos bajo vigilancia a este sujeto desde que llegó a California, pero hace 48 horas que no sabemos nada de el. Se ha evaporado. No sabemos dónde está ni los planes que tiene.- Respondió el exmilitar en tono de disculpa.


Sam, se encontraba cada vez más incómodo y excitado. Se tomó un segundo para recapacitar y le vino a la mente la siguiente pregunta.


-Sí, sabíais quién era, y donde estaba, ¿Por qué no llamasteis a la policía para que lo arrestara?

- Esto es más grave de lo que crees, Sam.- Intervino Malakay Rubinstein, el socio con los mejores contactos en todos los estamentos, nariz aguileña y gafas sin montura visible.- Aunque se detuviera a este matón, que impediría a Joe Saldaña contratar a otro y a otro más hasta que consiguiera su objetivo. Nada. Estamos convencidos que tenemos que llegar al fondo del asunto, pase la línea que se pase. Lo primero es tu seguridad y la de los tuyos.

- ¿Y que tenéis pensado hacer? Sí es que tenéis pensado algo…

- Lo primordial es encontrar al matón y neutralizarlo. Y como bien ha dicho Malakay pasaremos las líneas que hagan falta traspasar para que estés en todo momento a salvo.

En ese momento habló con voz rotunda y autoritaria el fundador del bufete desde el cuerpo de un Papa Noel bonachón y simpático, Michael Andersen.


-Sam, no es momento para legalidades, es el momento de actuar a la ofensiva. Hemos autorizado al señor Kallum para que utilice todos los medios que crea adecuados para solucionar este tema de una vez por todas. Y cuando digo todos son todos. Ni yo mismo quiero saberlo.

- Si se me permite- interrumpió el jefe de seguridad.- quiero decirles, que desgraciadamente estoy bastante habituado, por mi experiencia militar y mi carrera posterior en el sector privado, a este tipo de situaciones, por lo que he contactado con antiguos compañeros en el servicio secreto, en la policía estatal, incluso en la penitenciaría del condado para trabajar de forma conjunta. Incluso el juez del caso, que te tiene en gran estima, el señor Fasbinder, nos ha dado una velada carta blanca para actuar. Los socios han pensado que te tomes con Megan unas merecidas vacaciones en el extranjero, lejos de la mirada de Joe Saldaña. ¿Qué te parece?

- Me parece bien, creo que unas vacaciones nos vendría muy bien, hasta que se tranquilicen las cosas por aquí.- respondió convencido el joven abogado.
- Un amigo de inmigración ha puesto un avión de la DEA, que no aparece en ningún libro, a nuestra disposición para que te lleve al destino que elijas, bajo nombres falsos, cortesía del servicio secreto. Nadie sabrá donde estás, ni lo que estás haciendo, excepto nosotros. Cuatro de mis hombres os acompañarán a la ciudad que elijas por si tuvieras algún contratiempo. 


Robert Kallum se acercó a Sam,  ofreciéndole un reloj con la esfera negra metálica y correa de cuero marrón.


-Ponte este reloj, y podremos localizarte estés donde estés. Observa. Si aprietas este botón se activará una alarma silenciosa y tendrás a cuatro hombres pegados a tu culo más rápido de lo que tardas en estornudar. Y no te preocupes, no los verás si no son necesarios. Son buenos chicos y están perfectamente entrenados. Te acompaño a casa y te cuento los detalles.


- Sam, disfruta con Megan de estas vacaciones. Nos pondremos en contacto contigo cuando esté todo solucionado.- respondió su mentor con tono optimista.


La reunión llegó a su fin, pero la sensación de intranquilidad que reconcomía a Sam se volvió más intensa y descorazonadora.

miércoles, 11 de junio de 2014

El blog de Ciber.

Hoy os traigo un blog de una grandisima amiga. Amiga porque me lo ha demostrado a lo largo de muchos años. Se da la curiosidad que no nos conocemos en persona, Internet es nuestro medio, en el que nos hemos movido durante años y en el que nos sentimos relajados. Tuvo un detallazo enorme al enviarme con el nacimiento de mi hijo una camiseta, hecha a mano, que aún guardo con mucho cariño.

Me ha demostrado lo que es el cariño, la lealtad y la sabiduría. Una señora de los pies a la cabeza. Si guapa es por fuera, por dentro es ese sol que alumbra a todos los que la rodean.

Le profeso un profundo respeto, y es un honor para mi tenerla entre las personas que puedo llamar "AMIGAS". Aunque no coincidamos en los mas minimo en los temas politicos, sabe que tiene todos mis respetos, mi cariño y lealtad. Algún día conseguiré que hable andalú mejor que yo...

Tiene un blog que es una verdadera delicia visitar. Con fotos de gran calidad, nos enseña parte de su cultura, lugares de exquisita visión y amor por sus tradiciones.


Saps Que t'adoro, Silvia. petons maca.
Algun dia aprendré català.

Disfrutadlo.

martes, 10 de junio de 2014

La caída. Tercer capitulo.



CAPITULO 3

El sujeto de modales refinados, gafas de pasta de aspecto robusto, y aires de gentleman había logrado pasar desapercibido las últimas 48 horas a los grandes ojos escrutadores que había puesto encima Robert Kallum para encontrarlo.  El viejo Honda Civic beige, comprado a nombre de John Doe, hacía años que debía haber pasado una profunda reparación en su parte mecánica, mientras que su aspecto exterior estaba más cerca del desguace que de poder circular con un mínimo de garantías para el resto de usuarios. En el estado, en donde los Porches, Lamborguinis, y Ferraris conducidos por estrellas son los reyes, un viejo coche japonés con más años que su conductor pasa totalmente desapercibido entre la intensa maraña del tráfico Californiano.

Al llegar a su destino, aparcó el montón de chatarra beige en el aparcamiento subterráneo de un centro comercial, en el que no levantaría sospechas y estaría oculto a miradas indeseadas. Abrió su pequeño maletín y se preparó para una nueva transformación que le llevaría a portar una descuidada barba pelirroja, unas pobladas cejas del mismo tono y una visible cicatriz en la mejilla derecha que le proporcionaba un aspecto grotesco, cercano al viejo héroe de la guerra del Vietnam que quería parecerse. Un desgastado pantalón vaquero, camiseta con el emblema de los “The doors” de desteñido color negro, y una raída chaqueta militar verde de múltiples bolsillos, terminaron por darle ese aire de veterano desahuciado de su anterior vida y calco exacto al indigente que andaba buscando parecerse. El omnipresente petate verde de la armada le sirvió para ocultar su anterior aspecto y el que tenía previsto para después de terminar su trabajo.

Salió del vehículo, y comenzó a practicar una evidente cojera producto, sin duda, de una supuesta herida de guerra. Satisfecho del nuevo aspecto comenzó a andar, con la firme convicción de localizar a su objetivo y, poner punto y final al encargo. Sabía que estaba siendo vigilado por gente muy profesional por lo que tenía que mantenerse despierto y atento a cualquier movimiento sospechoso a su alrededor. No obstante, confiaba en que su experiencia y las precauciones tomadas habían despistado a sus perseguidores. Antes de salir del centro comercial tomó un carro del supermercado y lo llenó con toda suerte de objetos inservibles que fue encontrando por el camino, y que ocultaron el contenido del enorme saco militar de los inquisitoriales registros de la policía de la Baja California. Lentamente se fue acercando a la playa, tarareando canciones deslavazadas, sin el mínimo sentido, y observando a cada transeúnte, tras las enormes gafas de espejo, moda años ochenta, que ocultaban sus verdaderas intenciones y propósito.

Al llegar al paseo marítimo el sol comenzaba a caer sobre las cristalinas aguas del Pacífico llenando de tonos anaranjados el cálido atardecer. Tomó una posición que le permitía tener varias vías de escape y, a su vez, visión directa de la casa que estaba vigilando. Se sentó en un banco y utilizó su gorra de los lakers para pedir limosna a todo aquel que pasara por delante.

Al caer el sol, la luz de las farolas comenzó a iluminar por tramos, el cada vez menos poblado paseo, y John Doe se preparó una cama de cartones  que le reportó cobijo y un excelente escondrijo donde observar sin ser visto. No pasó mucho tiempo, cuando vio aparecer a la pareja que volvía de dar su paseo diario, y subían la calle dirección a su casa. Admiró la escultural figura que tenía la chica e imaginó como, después de despachar al novio sin contemplaciones, podía entretenerse un rato con ella antes que abandonara este mundo. Observó detenidamente el delicado contoneo de su cuerpo al caminar, como se movían, al compás de cada paso, unos voluminosos pechos turgentes y deliciosos; y como el estrecho pantalón corto marcaba tanto, unas nalgas como rocas, como una apetecible vulva prisionera que él liberaría de semejante cárcel. Imaginó como la amaestraría cogida por ese largo pelo. Se apenó al pensar que solo podría disfrutarla esa sola noche, por lo que las ganas de acabar se multiplicaron, deseoso de tomar, como premio a su paciencia, ese apetecible cuerpo. Solo tenía una duda: “¿La disfrutaría, antes o después de matarla?”. “Antes o después de cortarles el cuello, y esperar a que se desangren poco a poco. Medio muerta son más dóciles…”

Se levantó del banco y comenzó a recoger parsimoniosamente todas sus supuestas pertenencias con la obsesiva imagen de Megan martilleando su cerebro. Se marcó un rumbo errático para no levantar sospechas. Por un rato continuó por el paseo marítimo yendo en dirección contraria a donde se encontraba la casa. Se volvió a sentar en otro banco a observar a los transeúntes, desmontó medio carro haciendo como que buscaba algo concreto; lo volvió a montar y, una vez seguro que no era seguido, abandonó el paseo por una calle  estrecha que desembocaba a él y subía dirección a la colina. Recorrió el pequeño tramo que lo separaba de la siguiente esquina, y en esta, giró a su izquierda para embocar directamente en la calle donde se encontraba su cita. Continuó caminando exagerando la cojera, e intentando capturar moscas imaginarias que pretendía ver a su alrededor, mientras empujaba el carro cargado de porquería.

Observó cómo entre las sombras, y semioculto entre arboles perfectamente alineados, un vehículo ocupado por dos personas en actitud de espera. Estaban estacionados a poco más de 50 metros de la casa, por lo que supuso que eran matones de Robert Kallum. Prosiguió con su papel, acercándose desde detrás sin ocultar su presencia. Su intención era ser visto para no levantar sospechas. Comenzó a rascarse compulsivamente, al tiempo que amartillaba la Beretta 92 provista de silenciador, que llevaba escondida bajo la chaqueta militar y se palpaba el costado izquierdo notando como su amiga inseparable se hallaba en su funda. Estaba preparado.

A medida que se acercaba, escuchaba como los dos matones mantenían una animada conversación sobre el partido de la noche anterior en el Staples Center. El más joven, de aspecto jovial y desenfadado, estaba sentado relajadamente en el asiento del conductor,  con un elegante traje gris marengo y maneras de deportista universitario hasta arriba de esteroides. Vomitaba insultos mientras movía airadamente los brazos. El acompañante, un hombre, algo mayor, de un tamaño fuera de lo común, era lo más parecido a un búfalo que había visto, apenas hablaba, y mucho menos, gesticulaba. Vestía una escandalosa camisa de flores, que coronaba con un enorme collar de oro rodeando su enorme cuello. Mas que respirar, bufaba sonidos guturales con dificultad. Entonces vio la radio de última generación que descansaba en el salpicadero. Era la prueba definitiva que le confirmaba la identidad de los dos sujetos.

Se colocó a la altura de la ventanilla delantera del Ford Explorer y la golpeó suavemente con los nudillos al tiempo que pedía una limosna para comer. El conductor con un gesto de desprecio intentó que los dejara tranquilo, mientras se escuchaba el crepitar nervioso de la radio escupiendo ininteligibles órdenes. John Doe volvió a insistir en el repiqueteo del cristal, sin recibir respuesta alguna. En un acto de lo cura comenzó a restregar la lengua por el cristal de la ventanilla salivando abundantemente, mientras tatareaba el “Born to be wild” de Steppenwolf. Surtió el efecto deseado ya que vio el conductor se colocaba un puño americano en su mano derecha, mientras que con la izquierda comenzaba a bajar la ventanilla.

En fracciones de segundos, el asesino sacó con su mano izquierda la Beretta que dedicó a destrozar el pecho del gigantesco acompañante de cuatro certeros disparos, mientras que con la mano derecha clavó de un golpe seco un enorme cuchillo de caza en el cuello del conductor. Con un certero giro horizontal provocó la separación de la joven cabeza rubia del resto del inerte cuerpo, sin dejar de entonar las afamadas notas del himno motero. Acto seguido, tomó la radio y pidió que le confirmaran las órdenes con voz pausada y serena. Unos segundos después la voz ronca y autoritaria repetía las órdenes sin notar el cambio en el timbre de voz.

En ese momento observó cómo se abría la puerta de la casa de sus víctimas, salían al porche y se proporcionaban los últimos arrumacos antes de ver partir a Sam a toda prisa. Era un inconveniente que no había previsto, pero que aplaudió, ya que le permitía tener ese momento de intimidad con la chica que estaba deseando y esperando.

Con suma precaución se llevó el vehículo a un callejón, entre dos casas que parecían deshabitadas y en estado de semi-ruina. Allí, en la oscuridad más absoluta, tomó los cuerpos de los ocupantes y los depositó en el maletero del vehículo, evitando la oportunidad de que fueran fácilmente descubiertos.

Sabía por lo informado en la radio que, Sam había sido requerido para una reunión en el bufete; a sus vigilantes les ordenaron que le siguieran a cierta distancia, y que volvieran a su posición original cuando dejaran al abogado a las puertas de AB&R. Eso le daba al menos de dos horas hasta que regresara Sam, para dar rienda suelta a su perversión. De los individuos del otro lado de la radio ya se encargaría en su momento. En aquel momento se sentía poderoso, invencible y con todos los sentidos en máxima alerta.

Ocultó el carro de sus pertenencias junto al vehículo y se dirigió con paso decidido hasta la puerta de la casa. Observó por las luces prendidas que Megan se encontraba en el salón. Se asomó a la ventana y se quedó admirando la preciosa silueta recostada en el sofá que estaba leyendo el terrorífico libro de Adam Nevill, “El fin de los días”. Ironías que tiene la vida.

jueves, 5 de junio de 2014

La caída. Segundo capítulo.



CAPITULO 2

El paseo marítimo, un sábado por la tarde, era un verdadero hervidero de personajes sin nombre de estrafalarias indumentarias, agiles patinadores que esquivaban con maestría a los asustados viandantes, grupos de jóvenes, bailando los ritmos de moda, con equipos de música preparados para dañar tímpanos poco entrenados, turistas admirando el bello atardecer californiano, y personas anónimas disfrutando del aire libre y caminando sin rumbo fijo. Esa tarde de finales de primavera, se  hacía  difícil mantener una línea recta, teniendo que esquivar cada cuatro pasos a alguien que se cruzaba, o se paraba a charlar con otro.
Sam y Megan paseaban agarrados de la cintura entre el bullicioso bosque de almas, sedientas de sol, mientras celebraban animadamente que Megan había conseguido, que una galería local expusiera parte de su colección de obras, que abarcaban desde el exquisito forjado del hierro de formas imposibles, hasta pequeños cuadros que recordaban al mejor James McNeill Whistler, que harían las delicias de los coleccionistas caza talentos de Rodeo Drive.
-¿Ves esa casa?- Preguntó Sam al amor de su vida, mientras señalaba el tejado de tejas grises que se adivinaba entre los edificios colindantes.
-Si, claro. Es la nuestra, y es preciosa.- Dijo con voz cantarina mientras miraba a su novio con cara de no entender del todo la pregunta.
Sam se detuvo y tragó saliva, mientras reunía en su mente las palabras exactas. Suavemente tomó a Megan de las manos, la miró a esos ojos llenos de vida, en los que dormía sus sueños, absorbía todo lo malo y, lanzaba  amor con cada pestañeo. 
-Pues quiero que sea de la señora Citrix.- Soltó Sam con voz temblorosa llena de emoción.
Megan estuvo unos instantes reuniendo fuerzas y preguntándose  sí realmente su novio le acababa de pedir matrimonio. Sonrió, mientras una oleada de fuego se hacía fuerte en su interior, al tiempo que producto de la emoción, se le nublaba la vista, y un torrente de lágrimas se deslizaba por sus aterciopeladas mejillas. Abrazó a su novio con fuerza mientras le susurraba al oído:
-No sabría decirte un mejor plan para los próximos cien años. ¿Me seguirás queriendo cuando esté llena de arrugas, sea fea, esté gorda y llena de dolores?
-No sabría decirte un mejor plan para los próximos cien años, cariño.- respondió Sam, mientras ceremoniosamente, se introdujo la mano en el bolsillo del pantalón, sacaba una pequeña cajita negra con las letras doradas de “Cartier” impresas en la tapa y clavaba una rodilla de pleitesía en el suelo.
Inmediatamente, se formó un circulo de curiosos alrededor de la pareja en el que se agolpaban expectantes transeúntes ávidos de experiencias, alguna que otra llorona emocionada, y personas anonimas aplaudiendo y silbando.
-¡Megan Logon, cásate conmigo y me harás el hombre más feliz de la tierra!- tembloroso acompañó la frase con el torpe gesto de abrir la cajita y ofreciendo su brillante interior a una Megan que solo tenía ojos para su futuro esposo.
Los allí congregado guardaban un sepulcral silencio, pendiente de escuchar de los trémulos labios de la chica un rotundo y enamorado “Si”. La respuesta se convirtió en el detonante de un atronador aplauso, entre vítores y frases del tipo  “¡Si no lo quieres tú, déjamelo a mí, nena!”,  “¡Dile que sí al chicos, no lo hagas sufrir más!” o “¡Vaya pedrusco, cariño!”.
Como por ensalmo, la gente comprendió que ya era el momento de dejar a la joven pareja dar rienda suelta a ese desbocado amor, y desaparecieron tan rápido como habían aparecido. Ese hiperbólico momento en el que el anillo entraba en el dedo de Megan se convirtió, por siempre, en el icono perfecto de la palabra unión.
El amor terminó rindiendo sentencia nada más cruzar el umbral de la puerta de su casa, en lo que se convirtió en una vorágine de ropas desgarradas, cuerpos sudorosos y respiraciones alteradas en una maratón sexual nocturna que los dejó desechos, y henchidos de  felicidad.

El océano Pacifico había sido testigo de la petición, y también lo fue de la ceremonia de matrimonio.  Al pie de una coqueta cala de difícil acceso, rodeada de escarpados acantilados, donde las olas rompían con fuerza y la brisa acariciaba la abrupta piedra, improvisaron un pequeño altar de blancas maderas labradas, adornadas con bellas flores de múltiples tonalidades, haciendo que fuera el entorno perfecto donde reunir a sus familiares y amigos más cercanos, y celebrar una ceremonia corta, cargada de emoción y lágrimas reprimidas. Menos de treinta personas formaban la exclusiva comitiva nupcial claro ejemplo de que la pareja había escogido un tipo de ceremonia acorde a su estilo de vida, donde la intimidad, lejos de grandes alharacas y grandilocuentes puesta en escena, era el sello identificativo del día más importante de sus vidas, y donde el amor que se profesaban era el protagonista principal del acto.
Ella vestía un sencillo vestido de seda blanco de tirantes, y un ramo de orquídeas blancas y tonos rosáceos. Una fina gargantilla, regalo de sus padres, y el anillo de pedida remataban el conjunto de una manera excepcionalmente bella. Sam, pantalón blanco de lino natural, y camisa del mismo tejido y semi-desabrochada. Ambos descalzos, como el resto de sus invitados.
Los tres socios del bufete organizaron en tiempo record  el festín posterior, en un exclusivo club de campo en las colinas que rodeaban Hollywood, donde continuaron las celebraciones y las muestras de cariño de la pareja. El socio sénior de AB&R, Scott Andersen, un soltero por convicción, de modales exquisitos, y pelo escaso y blanco, pasaba por la viva estampa de un Papá Noel de carne y hueso, les regaló una maravillosa vuelta al mundo, que duraría aproximadamente un mes, en el que visitarían los lugares con más encantos del mundo, finalizando en la ciudad del amor, en París. Con una espectacular cena en el restaurante “Ciel de Paris”,  del ático de la torre Montparnasse  pondrían el sello definitivo a una relación que duraría por siempre, y la firma a una pareja predestinada a quererse, más allá del tiempo, avatares e infortunios.
La noche terminó al amanecer

De nuevo, de vuelta con una confesión en voz alta.

Después de unos días en los que la salud me ha jugado una mala pasada, vuelvo casi repuesto, a la carga para martirizar a mis sufrid@s lectores. He tenido bastantes días para pensar, reflexionar y dudar, por lo que no quiero dejar pasar la oportunidad de contaros algo que pertenece a mi exclusiva intimidad.

Hace unos años, me dio otra recaída con este mismo problema, y en medio de un mar de sudores, con más de 40 grados de temperatura, y temblores incontrolables, tuve el sueño más aterrador que recuerdo y que me hizo despertarme entre delirios, llorando y sufriendo.
Es un sueño recurrente que he experimentado varias veces y que en todas, me ha provocado un nudo en el corazón difícil de olvidar, pero ninguna, como aquel día de altas fiebres. La cabeza, muchas veces, te hace pasar por tragos que no deberíamos permitirnos, pero que son dictados desde el más profundo subconsciente y te afectan enormemente para el resto de tu vida. Es el caso de este maldito sueño.
Esta pesadilla es muy simple y seguro que más de uno de vosotros habrá experimentado consciente, o inconscientemente, y que paso a relatar brevemente:
“Ese día había llegado de trabajar sobre las 6 de la tarde con varios amigos en la mochila: Unos dolores terribles que me provocaban andar en una posición casi imposible; a ratos un terrible frío se apoderaba de mí alma, mientras que al segundo siguiente, el calor más terrorífico hacía que comenzara a exudar por cada poro de mi piel un olor acre de difícil trato y retrato; pero sobre todo, unos inesperados amigos de mis 36 normalitos grados corporales que vinieron a pasar unos días dentro de mí. La cabeza me ardía y no logré contar con eficacia la cantidad exacta, pero puedo jurar que llenaron una mesa de 42 comensales, y no mentiría si alguno se quedó de pie.
Caí desplomado en el sofá con las últimas fuerzas que me quedaban, por lo no pude distinguir si fue un desmayo lo que me sobrevino, o que me vi envuelto por un profundo sueño, lo que me hizo llegar a un estado de delirios y sudores.
Mientras tanto, mi esposa estaba muy preocupada por la situación y no me dejó ni un solo instante en soledad. Mi enfermera, mi compañera, mi amiga, mi cómplice, mi amor, es como si la misma alma conviviera en distintos cuerpos. En el suyo y en el mío.
Con solo mirarme sabe exactamente como vengo, sí he tenido un buen día, sí ha sido malo, sí vengo feliz, o si ese día no he visitado el excusado con la suficiente alegría.
El sudor se mezcló en mis ojos con las lágrimas y un embravecido mar que hacía un ejercicio de exhibicionismo  que nunca vi. En medio de una ola gigante de grandes ojos negros, mi hijo el mayor, desaparecía por segundos que se convirtieron en horas de angustia.
A los pocos minutos, un mar tranquilo de verano me devolvía el cuerpo sin vida de mi hijo, y de camino me arrancaba el corazón para siempre. Ahí, de rodillas, con el inerte y pequeño pedazo de mi ser, entre mis brazos, supe que la vida había acabado para mí.”

Esto no es ficción, al menos en parte. Aquella enfermedad fue hace al menos 3 años. El sueño existió y fue tan jodidamente real que lo recuerdo como si lo hubiera vivido. Gracias a quién corresponda, en mi caso a Dios, no he tenido que sufrir esa terrible desgracia, pero puedo asegurar, que si el dolor que experimenté ese día es mínimamente comparable con el que sufre un padre ante la pérdida repentina de un hijo, mi cobardía me llevaría a acabar de forma abrupta con la mía, y acompañarlo allá donde se encuentre para no separarme de él nunca más.
Con las manos de mi mujer entrelazadas con las mías, realizó el gesto más bonito que podré recordar. Llamó a mi hijo, que por aquella tendría 5 años, para que lo viera, y me diera el más reconfortante  abrazo que sus pequeños brazos pudieran ofrecerme. El podre, medio asustado, no paraba de preguntarle a su madre por lo que me pasaba, por qué lloraba tan desconsoladamente. Su increíble madre le contestó: “Papa está malito y necesito mimitos, chico”. Mientras que para mí adentros respondía: “Por amor Manuel, lloro por amor”


En breve un nuevo capítulo del relato en curso.